Noviembre de 2012 - Nº13  
 
 
 
 
 
 
 
     
 

En la explotación de acuíferos subterráneos –a diferencia de lo que ocurre con el agua superficial– es el productor el que realiza toda la inversión para obtener el agua de riego.

La inversión requiere la realización de estudios previos para saber si dispone en su campo de agua en la cantidad y calidad requeridas, la ejecución de perforaciones exploratorias, de perforaciones de explotación, compra de las electrobombas y tableros de comando, desmonte, nivelación, tendido eléctrico, etcétera.

“Queda más que claro que en el caso del uso de agua subterránea, a diferencia de lo que ocurre con el uso del agua superficial a través del sistema de acequias, es el productor el que financia todas las obras y realiza la inversión correspondiente”, comenta el hidrogeólogo Jorge Mugni.

Pero muchas autoridades provinciales, más allá de no aportar fondos para extraer agua subterránea, argumentan que dicha agua constituye un recurso provincial y, por lo tanto, debe pagarse por su utilización.

“Sin embargo, el agua subterránea no siempre puede ser considerado un recurso permanente de una provincia”, explica Mugni.

Para entender eso es necesario repasar algunos conceptos básicos.

El agua de lluvia se vincula al ciclo hidrológico, es decir al movimiento –por diferentes procesos físicos– de enormes masas de agua, ya sea como vapor de agua o en forma líquida: precipitaciones.

A su vez, el origen del agua subterránea también se vincula al ciclo hidrológico y, específicamente, al proceso de la infiltración del agua de lluvia.

“Del total de agua que cae anualmente sobre la superficie terrestre, un porcentaje se evapotranspira, otro escurre superficialmente y otro se infiltra; en estas tres componentes se disocia, entonces, el agua de lluvia”, apunta Mugni.

“En la región pampeana argentina, a los efectos de dimensionar el peso de cada una de esas variables en el balance hídrico, la evapotranspiración importa en promedio un 70% del precipitado anual, el escurrimiento superficial un 15% y la infiltración el otro 15%”, agrega.

Primera conclusión: el agua subterránea (es decir: el recurso hídrico utilizado por el 90% de los equipos de riego instalados) se origina a partir de la infiltración del agua de lluvia.

Una cuestión clave: ¿es el agua subterránea un recurso estanco, estático, es decir, que queda almacenado en el lugar donde se origina a la espera de su extracción?.

“En absoluto. El agua subterránea es un recurso dinámico, cuyo movimiento está regido por el gradiente hidráulico. En su movimiento, desde las zonas de mayor a las de menor carga equipotencial, el agua se enriquece –mediante diferentes procesos– en su contenido iónico, pasando así de bicarbonatada, en la zona de recarga, a sulfatada en la de conducción y clorurada en la de descarga”, explica el hidrogeólogo.

Segunda conclusión: el agua subterránea –originada a partir de la infiltración del agua de lluvia– termina, en caso de no ser extraída, salinizándose en los ámbitos de descarga.

El agua de lluvia que se infiltra para transformarse en agua subterránea, se aloja en el espacio poral que queda entre los granos de los limos, arenas y gravas que conforman el subsuelo. Y es precisamente ese conjunto de sedimento agua el que se conoce bajo la denominación técnica de acuífero.

“La clave es que en un acuífero pueden distinguirse dos tipos de reservas: reservas reguladoras o fluctuantes, que resultan de la infiltración de los excesos pluviométricos y de la superficie cubierta por el acuífero; y reservas geológicas o permanentes, que se vinculan directamente al espesor saturado de agua dulce y dependen –además de dicho espesor– de la extensión areal del acuífero y de su porosidad efectiva”, explica Mugni.

“Desde el punto de vista técnico-científico, lo que corresponde llevar a cabo cuando se procede a la explotación de un acuífero es extraer el volumen de agua vinculado a las reservas reguladoras”, añade.

Mugni indica que algunos autores señalan que es factible extraer, sin afectar la sustentabilidad del acuífero, esas reservas reguladoras más un porcentaje de las reservas permanentes.

“Ese es el quid de la cuestión, porque si hay algo que correspondería cobrar, no son las reservas reguladoras originadas a partir de la infiltración del agua de lluvia y que terminarán salinizándose sí o sí en su recorrido, sino las reservas permanentes que sí conforman la potencialidad del acuífero y el reaseguro de agua para las futuras generaciones”, comenta el especialista.

“Lo que podemos extraer es el volumen de agua que circula por nuestro campo o área de explotación, el cual si no se extrae terminará salinizándose en la zona de descarga”, señala.

Para establecer ese volumen se necesitan tres datos que pueden determinarse con cierta precisión: a) gradiente hidráulico, b) transmisividad del acuífero (se trata de un coeficiente que se obtiene a través de ensayos hidráulicos) y c) longitud de pasaje (esto lo brinda la extensión del campo en sentido perpendicular al gradiente hidráulico y, de manera más certera, la extensión de influencia del área de explotación).

“Con esos datos puede definirse la magnitud de la efluencia subterránea, es decir, de la salida de agua del sistema. Y es a esa efluencia subterránea a la que debe relacionarse el nivel de extracción, ya que la misma se vincula directamente a la recarga del acuífero”, comenta el hidrogeólogo.

Mugni citó como ejemplo el caso del empresario cordobés Daniel Montechiari, quien adquirió un campo en la provincia de San Luis para reconvertirlo luego de realizar una inversión en riego por pivote central.

“Montechiari procedió con el desmonte, tareas de nivelación, estudios de base para saber la condición del campo en relación al recurso hídrico, ejecución de perforaciones exploratorias, ejecución de las perforaciones de explotación, compra de los equipos de riego, electrobombas y tableros de comando. Ni bien se pusieron en marcha los equipos de riego, la provincia tocó timbre para que se proceda con el pago del canon de riego, el cual asciende actualmente a 20.000 pesos por año”, señaló Mugni.

Mugni explicó que en el campo puntano de Montechiari –localizado en la zona de influencia de Carpintería– la extracción anual de agua subterránea es del orden de 1.700.000 metros cúbicos por año, mientras que la magnitud de la efluencia subterránea presente en la zona es de 5.475.000 metros cúbicos por año.

“Eso implica que la explotación que se realiza en el campo importa sólo el 31% del agua que, como efluencia subterránea, circula por el campo. Esa agua subterránea se corresponde íntegramente a las reservas reguladoras, es decir, a la infiltración del agua de lluvia, la cual atraviesa el campo siguiendo el gradiente hidráulico y sale del mismo como efluencia subterránea, salinizándose unos pocos kilómetros aguas abajo”, argumenta el especialista.

“Por lo tanto, Montechiari consume íntegramente agua de lluvia y no debería, al igual que muchos otrosproductores, pagar ningún canon por ello. Considero que sólo debería pagar un canon si se afectan las reservas permanentes del acuífero”, concluye Mugni.