Agosto de 2016 - Nº 58  
 
 
 
 
 
 
     
 

El Movimiento CREA nació para crear una red generadora de conocimiento en el ámbito agropecuario. Con el tiempo la misma se fue extendiendo de manera espontánea hacia otras disciplinas. Y ahora llegó el momento de institucionalizar esa necesidad.

Ese es precisamente el propósito de CREAlab, una plataforma potenciadora de innovaciones relacionadas con el sector agropecuario, que será presentada en el Congreso Nacional CREA que se realizará el 21, 22 y 23 de septiembre en la ciudad de Buenos Aires.

Los desafíos que el agro tiene por delante para mantenerse en carrera son tan complejos que se requiere el aporte coordinado de investigadores, profesionales y empresarios provenientes de otras actividades. La innovación se gesta en las diferentes miradas que pueden surgir de un mismo acontecimiento; nunca del pensamiento único de un solo sector.

Por lo tanto, todo lo que contribuya a potenciar el crecimiento de las innovaciones orientadas a generar valor en el agro es un aporte para mejorar (y en algunos casos transformar) la competitividad del campo. CREAlab tendrá –por ese motivo– un espacio destacado en el Congreso CREA 2016 por medio de la presentación de diferentes casos destacados, algunos de lo cuales se exponen a continuación.

Un desafío académico que se transformó en empresa

Anabella Fassiano y Camila Petignat estaban cursando las últimas materias de la Licenciatura en Ciencias Biológicas de la UBA cuando el profesor Alejandro Mentaberry (actual coordinador ejecutivo del Gabinete Científico Tecnológico del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva) propuso a los alumnos que, como trabajo final de la materia, armaron un proyecto biotecnológico orientado a resolver un problema presente en el sector agropecuario.

 “Cuando terminamos la carrera nos preguntamos, ¿por qué no desarrollar el emprendimiento? La inconciencia nos ayudó a arrancar porque no conocíamos entonces todos los inconvenientes que nos íbamos a encontrar en el camino”, comenta Anabella. Sumaron un socio más –Pedro Duarte– para crear la start-up biotecnológico NeoGram.

Por medio de la técnica de mutagénesis inducida –consistente en provocar modificaciones en los genes de una planta mediante la adición de un químico– los investigadores lograron seleccionar una nueva variedad mejorada de Grama Rhodes.

“Concluimos el primer año de ensayo a escala de campo con muy buenos resultados: el desarrollo mostró un 12% de aumento en digestibilidad, en promedio, comparando con variedades comerciales utilizadas como control; esta mejora representa un impacto potencial del 37% de aumento en productividad ganadera”, explica Anabella. El lanzamiento comercial del nuevo cultivar estará disponible un plazo estimado de tres a cinco años.

Otra línea de desarrollo consiste en la creación de un cultivar de Grama Rhodes transgénico por medio de la incorporación del gen 6SFT –donado por el INTA– proveniente de un pasto patagónico (Bromus pictus) para mejorar el valor nutricional de la especie forrajera subtropical. Al tratarse de un evento transgénico, el desarrollo, además de oneroso, requiere cumplir varias etapas regulatorias que demandan varios años.

Desde 2011 el emprendimiento participa de IncUBAgro (la incubadora de empresas de la Fauba) para impulsar nuevas oportunidades de desarrollo tecnológico.

La cadena de valor que nació de un conflicto

Luego del “conflicto del campo” (2008) la familia Meichtry, propietaria de Arrocera San Carlos, una empresa ubicada en la localidad chaqueña de La Leonesa, comenzó a recibir, por parte de grupos ecologistas, acusaciones de contaminación con agroquímicos. Martín entonces propuso a su padre comenzar a producir peces para demostrar que el uso adecuado de fitosanitarios no genera un impacto nocivo en el ambiente. La idea inicialmente pareció descabellada. Pero luego se demostró que era posible rotar arroz con pacú.

Lo que se inició como una aventura –no había experiencias sobre el tema– terminó con la generación de una cadena de valor que incluye la producción de juveniles de pacú, recría, engorde con alimento balanceado propio, faena, industrialización y comercialización de muchos alimentos, entre los cuales se incluyen filetes congelados de pacú sin espinas y bocaditos tipo nuggets.

“Empezamos a comercializar los productos de pacú en septiembre de 2013 y al finalizar ese año habíamos vendido 25 toneladas; en 2014 el volumen creció hasta las 240 toneladas para superar las 480 en 2015”, indica Martí. “Este año esperamos alcanzar las 550 toneladas”, añade.

Además de locales propios, la empresa cuenta con franquicias en las cuales se comercializan los productos elaborados con pacú. También se distribuyen en la red de carnicerías de Friar (grupo Vicentín), restaurantes, hoteles, pescaderías y Carrefour.

El pacú, además de tener una conversión muy eficiente (1,6 a 1,9 kilos de alimento por kilogramo de carne producida), se alimenta de caracoles, que constituyen una plaga importante del cultivo de arroz.

“El pacú se alimenta desde septiembre hasta abril, porque, cuando la temperatura del agua desciende en otoño-invierno, pierden el apetito. En ese período la planta de balanceados se dedica a producir alimento para perros, cuya preparación incluye subproductos del pacú”, explica Martín.

La empresa, gracias al crecimiento de la cadena de valor promovido por el pacú, emplea actualmente de manera directa a 130 personas, además de generar trabajo para muchas personas dedicadas al transporte y comercialización de los productos.

Ahora sí: quesos 100% argentinos

La mayor parte de los quesos que consumimos los argentinos están elaborados con quimosina –una enzima naturalmente presente en  estómagos de rumiantes– elaborada con bacterias recombinantes (modificadas genéticamente). Y la mayor parte de ese insumo se importa.

Pero ahora eso cambiará porque pronto la Argentina comenzará a realizar producción de quimosina bovina a escala industrial. La noticia es que la fábrica de la enzima serán plantas de cártamo transgénico diseñadas por Indear (una empresa de Bioceres en alianza con el Conicet). Es la primera experiencia a nivel mundial de elaboración de un insumo alimentario por medio del uso de plantas como biorreactores (molecular farming).

“Las plantas presentan varias ventajas en comparación a los sistemas actuales de producción de moléculas recombinantes: muy bajo costo de producción, reducción del consumo de energía, sistema amigable con el ambiente, ausencia de patógenos y simplicidad de escalado”, explica Martín Salinas, gerente de Ingeniería y Procesos de Indear.

Bioreces, empresa fundada por empresarios agropecuarios –muchos de ellos integrantes del Movimiento CREA– en sociedad con Porta Hnos (uno de los principales accionistas de Bio4), construyeron en Córdoba la planta que se dedicará a sintetizar la quimosina a partir del cártamo modificado. Con unas 2000 hectáreas del cultivo –sembradas en diferentes provincias para asegurarse la producción ante un evento climático desfavorable– se puede abastecer toda la capacidad instalada anual de la planta industrial.

“Cuando la fábrica esté operando a su máxima capacidad será posible abastecer toda la demanda interna de quimosina e incluso cubrir parte del mercado internacional”, explica Martín.

La tecnología empleada en el cártamo con el trasngén de la quimosina bovina es sólo el primer paso: existen muchos otros proyectos que están en carpeta. El próximo es la elaboración de enzimas que permitan transformar la celulosa en glucosa para elaborar bioetanol de “segunda generación” a partir de biomasa (como residuos forestales o bagazo de caña).

Un informante automatizado que nunca descansa

Se conocieron en la Facultad de Ingeniería Electrónica de la UBA. Trabajaron en empresas argentinas que realizan desarrollos para compañías de robótica de Silicon Valley. Y un día decidieron armar su propia firma al descubrir que había un segmento del mercado inexplorado por otras compañías.

“El foco de nuestra empresa está en brindar soluciones a problemas concretos por medio de programas alimentados, de manera automática e inalámbrica, con datos provistos por sensores remotos”, explica Sebastián García Marra, uno de los cuatro socios fundadores de la start-up tecnológica Less Industries.

Entre los productos desarrollados por la empresa se incluye un dispositivo –una “lanza”– que se coloca en silobolsas para medir temperatura, humedad y nivel de dióxido de carbono, de manera tal que, en caso de detectar una anomalía, el productor recibe un alerta en su celular, además de tener la posibilidad de verificar regularmente (los datos se actualizan cada cuatro horas) la evolución del estado de los granos almacenados.

También diseñaron sensores remotos de humedad en suelo y temperatura ambiente que envían datos de manera automática a un programa que puede verse en computadoras o celulares. El sistema es empleado por viñedos tanto de Cuyo como de Chile para evaluar si el riego aplicado es el adecuado y estar alertas ante la aparición de una helada intensa.

“Los dispositivos son fáciles de colocar, tienen baterías con una autonomía de ocho a doce meses y están diseñados para zonas rurales con bajos niveles de conectividad”, explica García Marra.

El uso de sensores remotos como recolectores de datos de uso agronómico, además de liberar al trabajador rural de tareas rutinarias, permite homogeneizar los parámetros de toma de datos, recibir alertas inmediatas en caso de urgencias y hacer un seguimiento histórico de la información.

Los animales que se pesan solos

Dos años atrás, mientras estaba de vacaciones en Pinamar, Esteban Fernández –integrante del CREA del Tuyú– comentó al primo de su cuñado (ingeniero electrónico) los problemas que estaba teniendo para lograr datos confiables de pesajes de vacunos en plazos adecuados. Esa conversación fue el disparador de un emprendimiento (NobisAgro) que se propone eficientizar los sistemas agropecuarios por medio de la automatización de procesos.

Uno de los desarrollos de la firma es, justamente, un sistema de pesaje autónomo de animales en sistemas pastoriles por medio de la implementación de una balanza, colocada estratégicamente en los accesos a las aguadas, que toma el peso individual de los animales cada que los mismos atraviesan la misma.

“El sistema fue probado exitosamente en un campo con un rodeo de 200 animales”, comenta Fernández, uno de los cuatro socios de la empresa junto a Matías Schweizer (administrador de empresas), Juan Matus y Mathias Angelico (ingenieros electrónicos). Sensores de ultrasonido identifican si, al momento del pesaje automático, se encuentra más de un animales en la balanza para proceder a desestimar la toma del dato.

El sistema permite hacer un seguimiento prácticamente diario del pesaje de cada uno de los animales que integran un rodeo bovino. Y con esa información es posible, por ejemplo, descartar ejemplares que no demuestren buenos índices de conversión y homogeneizar con mucha precisión los diferentes tropas.

“Estamos en pleno desarrollo de plataformas digitales, vía web o por celulares, que permitan disponer de un fácil acceso a los datos de ganancia de peso de cada uno de los ejemplares de un rodeo pastoril; el siguiente paso será validar el sistema para feedlots”, comenta Fernández.